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domingo, 19 de julio de 2015

OMEGA-3 LA SALUD INMEDIATA - Libro abierto gratuito (Entrega nº 3)







Los Omega-3 en enfermedades físicas

       Hemos tenido oportunidad de comprobar en algunos de los estudios revisados, que los beneficios para la prevención y el tratamiento de algunas enfermedades deriva de las propiedades directas de los Omega-3, o de su acción indirecta compensando y neutralizando los efectos negativos del exceso de Omega-6. A continuación analizaremos más detenidamente, los beneficios que pueden aportar en enfermedades físicas concretas, repasando brevemente algunas de las principales investigaciones realizadas, no sin antes efectuar una pequeña reflexión: -Debemos tener en cuenta que los datos estadísticos son siempre limitados en su aplicación real. Cuando se experimenta con personas, puede ocurrir que las diferencias individuales no puedan ser controladas totalmente, contribuyendo ello, a que ocasionalmente se produzcan resultados estadísticamente discrepantes o contradictorios. En muchos estudios no se diferencia si las personas de la muestra se conforman pasivamente, o por el contrario luchan y movilizan sus propias defensas físicas y mentales más allá de lo que hacen otras. Por esa razón, en medicina no siempre dos más dos son cuatro. Y por esa razón también, debemos obrar con cautela cuando se analizan los resultados de las investigaciones y las estadísticas, teniendo en cuenta que son datos relativos, pero no absolutos, orientadores pero no determinantes a nivel individual-.


Los Omega-3 en trastornos cardiovasculares


       Los problemas cardiovasculares se han convertido en la primera causa de muerte en la sociedad moderna. Es justo pues, empezar por ellos.
       En un estudio comparativo de la dieta de 50 esquimales que se realizó en el año 1976, y que fue publicado en el año 1980 por The American Journal of Clinical Nutrition (10), se observó que los esquimales tenían menos problemas cardiovasculares que otras poblaciones. En ese mismo año 1980, los científicos daneses Kromann y Green comprobaron que en Groenlandia, los esquimales tenían una prevalencia de accidente cardiovascular que era ocho veces menor a la de los esquimales que habían ido a vivir a Dinamarca, hallando la causa de esta diferencia en los altos niveles de Omega-3 presentes en la sangre de los esquimales que no habían emigrado, debido a su alto consumo de pescado.  
      A partir de entonces se empezó a investigar más intensamente el posible beneficio de los Omega-3 en la prevención de la arteriosclerosis y problemas cardiovasculares, dado que estos trastornos se estaban convirtiendo en la mayor plaga para el mundo moderno.
       Las investigaciones que se realizaban, iban confirmando estas propiedades una tras otra, publicándose en todas las revistas científicas del mundo. Por ejemplo, el año 1982 en el Journal of Nutrition Science of Vitaminologye (11), se hacían eco de los estudios que confirmaban que la alta longevidad de los japoneses y su baja prevalencia de las enfermedades cardiovasculares, se debían al alto consumo de ácidos grasos Omega-3 en su dieta, a través del consumo de pescado. O como en 1989, cuando la revista científica Lancet (12) confirmaba tras una investigación realizada por científicos, que la ingesta moderada de pescado (dos o tres veces a la semana), aportaba una reducción significativa en la mortalidad de pacientes que habían sufrido un infarto de miocardio.
       Pero como suele suceder en el ámbito científico, unas investigaciones eran más amplias que otras, tenían objetivos y resultados distintos, utilizaban diferentes diseños, hipótesis y criterios evaluadores, de forma que los resultados no siempre eran del todo concordantes, fiables y concluyentes. Así las cosas, el equipo investigador danés de la Research Department of Human Nutrition, Royal Veterinary and Agricultural University, en Frederiksberg (13), realizó en 1999 un metaanálisis –que es un análisis de análisis en el que se estudian y homogeneizan las características de diseño y resultados de distintos estudios e investigaciones realizados anteriormente-, mediante el cual pudieron comprobar, que efectivamente, el consumo de pescado reducía de forma eficaz y real el riesgo de la mortalidad por accidente coronario, especialmente en aquellas poblaciones de alto riesgo, como por ejemplo la norteamericana.
       Por su parte, el Department of Nephrology, Aalborg Hospital (14), comprobó en el 2001, que los Omega-3 reforzaban la frecuencia del ritmo cardíaco, lo protegían de las arritmias, confirmando además, que reducía las posibilidades de muerte súbita cardiaca.
       Los estudios iban acumulándose, hasta que en el año 2005, ante tal avalancha de investigaciones con resultados positivos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no tuvo más remedio que recomendar oficialmente, la ingesta de ácidos grasos Omega-3, en especial EPA y DHA, para la prevención de las enfermedades cardiovasculares. Hay que tener muy en cuenta, que la propia OMS ha previsto que en el año 2020, las enfermedades cardiovasculares serán la primera causa de muerte y de incapacidad en el mundo. Por lo tanto, cumplir o no esta recomendación resultará crucial, dentro de unos años, para millones de personas.
        Pero siguiendo en el ámbito de las recomendaciones, la American Heart Association/American College of Cardiology y la European Society of Cardiology, también sugirieron la ingesta de 1g/día de los dos ácidos grasos Omega-3, el EPA y el DHA, para la prevención secundaria cardiovascular –se llama así al tratamiento posterior a un infarto de miocardio- y para la prevención de la muerte súbita de causa cardiaca. Asimismo, para reducir los niveles elevados de triglicéridos, recomendó tomar entre 2g y 4g de Omega-3 al día. Y aún otra recomendación más reciente, realizada por el Department of Cardiovascular Diseases, Ochsner Medical Center, de Nueva Orleans en 2009 (15). Según sus estudios, realizados con más de 40.000 participantes, para asegurar una eficiente protección cardiovascular es necesario ingerir diariamente un mínimo de 500mg de EPA+DHA como prevención primaria, en aquellas personas sin enfermedad subyacente conocida, y un mínimo de 800mg a 1.000mg como prevención secundaria, en aquellas personas con enfermedad coronaria conocida, o infarto de miocardio.
       La Japan Eicosapentaenoic Acid -EPA- Lipid Intervention Study, más conocida como JELIS (16), es el más amplio y exhaustivo estudio efectuado con Omega-3, realizado durante 4,6 años, con 18.600 pacientes japoneses, hombres y mujeres, afectados de hipercolesterolemia, con antecedentes de enfermedad de la arteria coronaria y otros con episodios de infarto de miocardio. El procedimiento de esta investigación consistió, tras dividir aleatoriamente a los participantes en dos grupos, en administrar estatinas como monoterapia al primer grupo, que sería el grupo de control –las estatinas son medicamentos para bajar el colesterol-, o administrando estatinas más E-EPA, a razón de 1,8g/día, al segundo grupo, que seria el grupo experimental EPA.
       Al finalizar el estudio se pudo comprobar en los resultados, que añadir E-EPA como complemento a los tratamientos con estatinas, reducía los efectos cardíacos adversos, tanto en la prevención primaria, es decir, antes de que aparezca un proceso patológico grave, como en la prevención secundaria, cuando ya se ha manifestado dicho proceso. Además, se comprobó que el E-EPA administrado, había reducido el riesgo de enfermedades coronarias en un 53%, los infartos de miocardio en un 19%, la angina de pecho en un 24% y la recaída del ictus, en un 20%. Las conclusiones de los investigadores fueron claras. Una de ellas es que se puede reducir el riesgo de enfermedad coronaria en la población occidental, especialmente en individuos con antecedentes de infarto de miocardio, complementando los tratamientos médicos convencionales con una ingesta adicional de E-EPA, ya que los efectos de éste se añaden a los de las estatinas, sin que se alteren los niveles de las lipoproteínas. Hay que tener en cuenta que la investigación se realizó sobre ciudadanos japoneses, los cuales consumen habitualmente Omega-3 a través del pescado, en una cantidad aproximadamente 8 veces mayor que un ciudadano típico de la cultura occidental, por lo que era fácil deducir que en poblaciones con menor consumo de pescado, el efecto protector podía ser aún mayor.
       Otra conclusión fue que el E-EPA actúa positivamente induciendo la reducción de las placas arteriales inflamadas. Y otra más, también importantísima, que los efectos del E-EPA se manifiestan al cabo de muy poco tiempo de haber iniciado la terapia, independientemente de la dieta, y también con independencia de si se trata de prevención primaria o secundaria. Todo ello reforzó aún más si cabe, la clarísima conveniencia de la utilización de suplementar la dieta con Omega-3 (17).  
       La Unidad de Lípidos de la Fundación Jiménez Díaz y el Departamento de Nutrición de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid   (18), confirmaron por su parte, en el año 2004, que el consumo habitual de EPA y DHA, disminuye el riesgo de muerte súbita y previene las arritmias. Estimaron, que muchas de las muertes por causa coronaria son consecuencia de la inestabilidad eléctrica del músculo del miocardio, que genera un paro cardíaco -fibrilación ventricular-, y que las propiedades antiarrítmicas de los Omega-3 se deben precisamente, a la capacidad de estos ácidos grasos para estabilizar la contracción de la célula muscular cardiaca. Asimismo, sus propiedades antitrombóticas eran patentes, ya que contribuyen a la disminución de la agregación plaquetaria que se produce en los vasos sanguíneos, mejorando la función endotelial o capacidad vasodilatadora, y evidenciando su beneficiosa acción en la isquemia coronaria o disminución del flujo sanguíneo.
       Por su parte, la Escuela de Graduados de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Hiroshima (19), estudió en el año 2008 la prevalencia del síndrome metabólico –que es una condición caracterizada por la acumulación de múltiples factores de riesgo para la aterosclerosis-, haciendo una comparación entre el japonés nativo, y el japonés americano. Después de realizar la investigación con 416 japoneses nativos de Hiroshima, y 574 japoneses de Los Ángeles, hallaron una prevalencia en los nativos, del 13,9% en el caso de los hombres, y del 2,7% en las mujeres, mientras que en el grupo de “japoneses americanos”, la prevalencia fue de 32,7% en los hombres, y del 3,4%  en las mujeres. Hubo diferencias muy significativas en los hombres, pero no así en las mujeres. Ello vino a demostrar, que la “occidentalización” del estilo de vida, aumentaba la prevalencia del síndrome metabólico entre los hombres “japoneses americanos” en relación con los japoneses nativos.
       En algunas ocasiones, los trabajos científicos realizados también han estudiado la asociación entre varias enfermedades. Por ejemplo, la artritis reumatoide se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, por lo que la Unidad de Reumatología del Royal Adelaide Hospital (20), realizó una investigación para demostrar que el aceite de pescado reducía los síntomas de la artritis reumatoide, al mismo tiempo que los de riesgo cardiovascular. Con un programa que incluía quimioterapia para pacientes con artritis reumatoide temprana, se distribuyó un grupo de control, que siguió el tratamiento estándar, y otro grupo que tomó EPA. Pues bien, al cabo de 3 años, se examinaron los resultados y se comprobó que en el grupo EPA, la presencia de AA (ácido araquidónico) fue un 30% menor en las plaquetas, y un 40% menor en las células mononucleares. Asimismo, que el tromboxano B2 también fue un 35% inferior, y la prostaglandina E2 un 41% menos –recordemos que se trata de eicosanoides negativos-. Los pacientes del grupo EPA, tuvieron cambios favorables en los lípidos en sangre, mientras que el grupo de control no los tuvo. La remisión de síntomas fue del 72% en el grupo EPA, y solo del 31% en el grupo de control. En base a estos resultados, los investigadores concluyeron el estudio confirmando, que el aceite de pescado reducía el riesgo cardiovascular en pacientes con artritis reumatoide, al tiempo que también era beneficiosa para ésta.
       Observamos en este estudio, la confirmación de la existencia de el nexo común entre estos trastornos aparentemente distintos, lo que nos reafirma en la importancia fundamental del equilibrio Omega-6/3 en la génesis de patologías aparentemente muy diferentes entre si, de tal forma que mediante los Omega-3, en este caso concreto EPA, se puede obtener mejora en todas ellas ya que comparten este nexo causal común.
       Otras investigaciones han estudiado los efectos protectores cardiovasculares de una nutrición tipo dieta mediterránea enriquecida con Omega-3. Un importante trabajo se llevó a cabo con 600 pacientes infartados, seguidos durante una media de 46 meses (21). El resultado fue espectacular, pues todos los riesgos cardiovasculares, tanto de fallecimiento, muerte cardiaca, nuevo infarto y demás complicaciones coronarias, se redujeron entre un 50% y un 70% en función de sus complicaciones específicas.
       El Gruppo Italiano per lo Studio della Sopravvivenza nell’Infarto miocárdico  GISSI-, ha realizado importantísimas investigaciones que han sido publicadas en The Lancet (22). En el año 1999, publicaron un ensayo, en el que participaron 11.324 pacientes que habían sobrevivido a un infarto de miocardio. Se les administró 1g diario de EPA + DHA, durante 3 años y medio. Pues bien, al cabo de ese tiempo, los resultados constataron una reducción de la mortalidad por problemas cardíacos, en un 30%, mientras que la mortalidad súbita debida a problemas del ritmo ventricular, se había reducido en un 45%. En el año 2008, realizaron otro ensayo (23) en el que administraron 1g diario de Omega-3 -EPA+DHA- de forma aleatoria a la mitad de 6.975 pacientes con insuficiencia cardiaca crónica, y placebo a la otra mitad, durante en periodo de 3,9 años. Al cabo de este tiempo, se verificó que había un 9% menos de muertes en el grupo Omega-3 que en el grupo placebo, y un 8% menos de ingresos hospitalarios.
       En el Toyama University Hospital (24), realizaron una investigación en la que administraron 1,8g diario de EPA a un grupo de 9.326 pacientes –que sería el grupo experimental EPA-, mientras que a 9.319 pacientes se les administró placebo –que sería el grupo de control placebo-. Al cabo de 5 años, se comprobó en los pacientes que habían sufrido infartos, que en el grupo EPA hubo un episodio de repetición del 6,8 por ciento, mientras que en el grupo placebo las repeticiones subieron hasta el 10,5 por ciento, además de observarse en el grupo EPA una bajada del colesterol y de las arritmias. Lógicamente, los investigadores concluyeron que el EPA era beneficioso para la salud cardiovascular. Fíjense los lectores –porque a veces los números pueden desorientar-, que la diferencia entre el 6,8 por ciento y el 10,5 por ciento de cada grupo, aparentemente pequeña, en realidad significa un 35% menos de posibilidades de sufrir una repetición de infarto si se tomaba EPA con respecto a si no se tomaba. En ese mismo año, el Current Vascular Pharmacology (25) (26), publicó que de entre todas las propiedades cardiovasculares de los Omega-3, la más clara acción beneficiosa a corto plazo, es su capacidad para prevenir la muerte súbita cardiaca.
       Y hablando de acciones a corto plazo, otra más. El Department of Medicine, University of Western Australia, and the West Australian Heart Research Institute, en Perth (27), realizó en el ámbito ambulatorio durante el año 1999, un estudio doble ciego controlado por placebo, comparando los efectos que sobre la presión arterial y la frecuencia cardiaca, podían ejercer el DHA, EPA y el aceite de oliva como placebo. Pues bien, los resultados mostraron que el DHA tenía un efecto reductor más rápido y significativo sobre la presión arterial y la frecuencia cardiaca en 24 horas, que el EPA y el placebo. En el 2009, otro estudio (28) confirmó asimismo, el notable papel de los Omega-3 en la mejora de la hipertensión en dislipémicos, diabéticos y ancianos, con la excelentísima ventaja que supone poder rebajar entonces la cantidad de fármacos administrada a este tipo de pacientes.
       Para finalizar este clarificador viaje cardiovascular, fijemos la atención en un estudio especial de casos y controles realizados en Seattle en el año 2007 (29) (30). Se comprobó, relacionando análisis sanguíneos con la salud cardiaca de varios pacientes, que los individuos con 6,5% de ácidos grasos Omega-3 en las membranas de los eritrocitos de su sangre, presentaban un impresionante 90% menos de riesgo de muerte súbita de tipo cardíaco, en comparación con aquellos tenían un nivel un 3,3% de Omega-3, lo que vino a significar, que el nivel de Omega-3 en la sangre se relaciona en el riesgo de sufrir un paro cardíaco, de forma que si elevamos su consumo tenemos muchísimas menos posibilidades de sufrir un ataque.
      

En colitis ulcerosas, enfermedad de Crohn


       Los trastornos o inflamaciones intestinales han aumentado en los últimos años en la población. El cáncer de colon es uno de los más frecuentes. ¿Qué misterio esconde este fenómeno que afecta a una zona de nuestro cuerpo, el sistema digestivo, que lógicamente es una de las partes orgánicas más directamente relacionada con lo que comemos? Veamos qué ocurre cuando se implican los Omega.
       En el año 1990, el Departamento de Medicina de Mount Sinai School of Medicine, en Nueva York  (31), realizó un ensayo abierto de 10 pacientes con colitis ulcerosa moderada, en los que había fracasado el tratamiento farmacológico convencional con esteroides. Se les suministró 2,7g/día de EPA, dividido en tres tomas diarias, durante 8 semanas. Los resultados mostraron que siete pacientes obtuvieron una notable mejoría, y la dosis de esteroides que tomaban pudo reducirse en cuatro de los cinco pacientes tratados con prednisona –un corticoesteroide que también se utiliza en el asma, lupus o artritis reumatoide-, mientras que tres pacientes obtuvieron poca o ninguna mejora, pero ninguno empeoró. En el estudio se constató además, que todos los pacientes habían tolerado el bien aceite de pescado, sin provocar ninguna alteración en los análisis de sangre rutinarios. Estos resultados mostraron claras ventajas y ninguna desventaja en la administración de Omega-3 a estos enfermos, en este caso EPA, verificando que es un producto seguro.
       Posteriormente, en California (32), se llevó a término una investigación de título Fish oil fatty acid supplementation in active ulcerative colitis: a double-blind, placebo-controlled, crossover study, realizada con pacientes afectados de colitis ulcerosa activa leve o moderada, en los se había observado que sus niveles de leucotrieno B4 en la mucosa rectal habían aumentado, contribuyendo a la diarrea y a la inflamación, y correlacionando así, con la severidad de la enfermedad. La hipótesis a confirmar era en principio, que los Omega-3 como inhibidores de la síntesis de los leucotrienos podían ser beneficiosos para la colitis ulcerosa. En el estudio, controlado con placebo y a doble ciego, se administró durante 8 meses a 11 pacientes, suplementos dietéticos con aceite de pescado, que proporcionaba alrededor de 4,2g/día de Omega-3. Pues bien, al término de la investigación, la media de índice de actividad de la enfermedad disminuyó un 56% en los pacientes que recibieron aceite de pescado, y sólo un 4% en los pacientes con placebo, confirmándose el beneficio de los Omega-3. Pero no hubo sin embargo, diferencias estadísticamente significativas en las puntuaciones histopatológicas del nivel del leucotrieno B4 en la mucosa colónica. Todos los pacientes toleraron bien la ingestión de aceite de pescado, y no se mostró ninguna alteración en los análisis de sangre rutinarios. Ningún paciente empeoró, y los antiinflamatorios pudieron reducirse o eliminarse en 8 pacientes (72%) del grupo Omega-3. Los investigadores concluyeron que, efectivamente, el aceite de pescado mejoraba el estado de la colitis ulcerosa, pero no se asoció con una reducción significativa de la producción en la mucosa del leucotrieno LTB4.
       Este resultado, aporta por una parte la evidencia de que los Omega-3 poseen propiedades que influyen directamente en la mejora de enfermedad, pero por otra parte, muestra la gran dificultad de conseguir reducir los niveles orgánicos de los eicosanoides negativos –en ese caso el leucotrieno LTB4-, lo que nos muestra la necesidad de prevenir los daños que causa, disminuyendo la ingesta de Omega-6.
       Por su parte, en el Department of Pediatrics, Juntendo University, School of Medicine, en Tokio (33), se investigó también la utilidad del E-EPA en niños de entre 8 y 16 años con colitis ulcerosa en remisión. Se constató que una dosis de 1,8g/día de E-EPA era bien tolerada y sin ningún efecto secundario durante dos meses. La investigación permitió comprobar además, que no había diferencias significativas en los resultados de laboratorio en cuanto a la puntuación histológica antes y después de la  mucosa, pero sí que hallaron diferencias significativas en el nivel de EPA en los eritrocitos de las membranas, que era más alto, y una disminución del leucotrieno LTB4, que interviene en la producción de citoquinas proinflamatorias. Vemos que al igual que en la anterior investigación, no se produjo reducción de los leucotrienos a nivel histológico –es decir, a nivel de tejido intestinal-, pero sí que lo hizo en la sangre. Esto nos confirma que recuperar los daños físicos que afectan los tejidos es dificultosos y requiere proporcionalmente un tiempo tanto más largo cuanto más extenso haya sido el tiempo que ha estado expuesto este tejido a los efectos dañinos de los eicosanoides negativos derivados de los Omega-6, mientras que las mejoras funcionales o sintomáticas, pueden ser muy evidentes en un plazo de tiempo infinitamente más corto e inmediato.
       En el año 2009 se llevó a cabo en el Reino Unido, un macro estudio de cohortes de carácter prospectivo, titulado Linoleic Acid, a Dietary N-6 Polyunsaturated Fatty Acid, and the Aetiology of Ulcerative Colitis - A European Prospective Cohort Study (34), el cual se extendió a Suecia, Alemania, Dinamarca e Italia, y abarcó a más de 200.000 pacientes, hombres y mujeres de 30 a 74 años. Pues bien, los resultados fueron tan rotundos, que los responsables de la investigación afirmaron que se había probado que los Omega-6, que se metabolizan en forma de AA, tenían un papel predominante en la etiología y el aumento de riesgo de la colitis ulcerosa. Es decir, confirmaron su más que probable responsabilidad en la generación de la enfermedad.
       Por su parte, el profesor Ángel Gil, de la Universidad de Granada (35), ya había recomendado también en el año 2003, el E-EPA para pacientes con colitis ulcerosa, mientras que en el año 2005, unos estudios realizados en Estados Unidos  por investigadores de la Universidad Harvard en Boston (36), posibilitaron la identificación de un nuevo lípido bioactivo, la resolvina RvE1, de la que el EPA es precursor, pudiendo comprobar que era muy beneficiosa en las enfermedades inflamatorias crónicas intestinales, que son las que causan ulceraciones e inflamaciones de diversas áreas del intestino, y cuya mayor parte se clasifican como colitis ulcerosa, o enfermedad de Crohn.
       En el año 1996, The England journal of medicine (37), publicó una investigación realizada con 78 pacientes con la enfermedad de Crohn, en la que fueron divididos en dos grupos al azar, administrándole al grupo experimental, 2,7g diarios de Omega-3 en cápsulas, y placebo diario al grupo de control. Al cabo de un año los resultados mostraban que el 59% de los pacientes del grupo Omega-3 mostraban remisión en la enfermedad, mientras que sólo un 26% del grupo placebo habían mejorado.
       Vemos por lo tanto, que independientemente del mecanismo íntimo mediante el cual actúen los Omega-3, la evidencia sobre el beneficio que aportan en este tipo de patologías, en especial el EPA, así como buena tolerancia, está suficientemente probado.


En artritis reumatoide


       En el año 2003, desde la Unidad de Reumatología del Royal Adelaide Hospital (38),  el Dr. Cleland (39) se lamentaba de que a pesar de que los beneficiosos efectos antiinflamatorios de los Omega-3 habían sido suficientemente comprobados de forma científica, mediante estudios aleatoriezados a doble ciego y controlados con placebo, consiguiendo evitar o disminuir los efectos de las citoquinas proinflamatorias y la degradación del cartílago, muchos médicos seguían ignorando esta bioquímica en sus tratamientos terapéuticos, formulas, principios de aplicación y modificaciones de la dieta, negando así un beneficio más que probado a sus pacientes.
       Efectivamente, la eficacia de los Omega-3 en la artritis reumatoide ha sido comprobada y reafirmada por diversas investigaciones realizadas por prestigiosos doctores e instituciones, que han recomendado su utilización. Por ejemplo, el Dr. Kremer, de la Division of Rheumatology, Albany Medical College, en Nueva York (40), el cual demostró en el año 2000, que la ingesta diaria de suplementos de Omega-3, concretamente EPA y DHA, combinados con los medicamentos, mejoraban la artritis reumatoide. Por su experiencia profesional e investigadora, valoraba en 3g/día la dosis mínima necesaria para obtener los beneficios deseados, siendo en general bien tolerada y sin efectos tóxicos.
       En el año 2007, la American Heart Association/American College of Cardiology y la European Society of Cardiology (41), recomendaba tomar 1g/día de Omega-3, para reducir la rigidez matinal y la inflamación de las articulaciones en pacientes con artritis reumatoide. Otros estudios demostraron asimismo, que una dosis de 2,6g/día o más de EPA+DHA, reducía los síntomas de la artritis reumatoide después de 12 semanas, y que consumir una dosis mayor podía incluso reducir este período de latencia (42). Precisaron también, que el mecanismo de mejora era debido a una disminución de la inflamación debido a la capacidad del EPA de inhibir las prostaglandinas de los Omega-6 –o sea, de inhibir eicosanoides negativos de efectos proinflamatorios-.


En el asma y bronquitis asmática


       El exceso de Omega-6 y la falta de Omega-3, según han demostrado diferentes investigaciones, no solo parece actuar positivamente en el asma, sino también sobre el enfisema pulmonar y la bronquitis crónica, especialmente la derivada del tabaquismo (43).
       El año 2005 la Human Performance and Exercise Biochemistry Laboratory, Department of Kinesiology, Indiana University (44), tras reflexionar sobre el hecho de que a pesar del progreso que se ha hecho en el tratamiento del asma, la prevalencia y la carga de esta enfermedad había seguido aumentando, y además de ello, aunque los medicamentos suelen ser eficaces, pueden tener efectos secundarios importantes, quisieron investigar si las terapias alternativas podrían disminuir las dosis farmacológicas, y reducir así, el coste de esta enfermedad para la salud pública. Partiendo de la evidencia de que los factores dietéticos podían desempeñar un papel preponderante en el aumento de la incidencia de asma en las sociedades occidentales, debido al exceso de Omega-6 en la dieta, que tiene efectos proinflamatorios, realizaron un estudio titulado Protective Effect of Fish Oil Supplementation on Exercise-Induced Bronchoconstriction in Asthma. Analizaron los efectos de una ingesta suplementaria de Omega-3 sobre el asma y la broncoconstricción inducida por el ejercicio físico, sometiendo a investigación un grupo de 16 deportistas asmáticos con broncoconstricción, los cuales fueron divididos en dos grupos, administrándoles aleatoriamente suplementos de aceite de pescado o placebo durante 3 semanas.
       Al finalizar el estudio se observó que el grupo experimental, el que había tomado aceite de pescado, mejoró la función pulmonar y previno que se produjera broncoconstricción después de la realización de los ejercicios, mostrando al mismo tiempo,  una notable reducción del estrechamiento en las vías respiratorias, así como también, una disminución en el uso de los medicamentos broncodilatadores. Vistos estos resultados, la conclusión fue que la suplementación dietética con Omega-3 podía ser una modalidad de tratamiento muy beneficiosa y viable para la prevención y tratamiento de esta enfermedad, pudiendo contribuir además, a rebajar su prevalencia y la carga económica que supone para la sanidad pública.
       Y ya que hablamos de prevención, precisamente ésta fue el objetivo principal de una interesantísima investigación que se llevó a cabo en la Maternal Nutrition Group, Department of Epidemiology Research, Statens Serum Institut, de Copenhagen, en el año 2008 (45), confirmando sus resultados, que no hay mejor inversión en la salud, que la prevención.  El estudio fue el que sigue.
       Se realizó con más de 500 mujeres embarazadas, con la intención de comprobar si la ingesta de Omega-3 durante el embarazo a partir de la semana 30 podría tener efectos inmunomoduladores futuros en el niño, y afectar a la descendencia del riesgo de asma. Se inició en el año 1990, con una muestra de 533 mujeres con embarazos normales, en torno a las 30 semanas de gestación, que fueron asignadas aleatoriamente en tres grupos. El primer grupo de 266 mujeres recibió  2,7g/día de Omega-3, en el segundo grupo, 136 mujeres recibieron aceite de oliva, y en el tercer grupo, 131 mujeres recibieron placebo sin aceite, hasta el último día de gestación.
       Pues bien, 16 años después, en agosto de 2006, de entre los 531 niños nacidos vivos, 528 fueron identificados, y se comprobó que 523 seguían vivos en aquella fecha. Entre éstos últimos, había 19 niños que habían recibido diagnóstico de asma, y 10 más diagnóstico de asma alergia asmática. Se observó que había una reducción del 63% de la tasa de riesgo de asma y de un 87% en el riesgo de alergia asmática en el grupo Omega-3 respecto al grupo aceite de oliva, por lo que los investigadores concluyeron que el aumento en la ingesta de Omega-3 en la última etapa del embarazo, tiene un importante potencial profiláctico en relación con el asma de los niños, y por tanto podía ser utilizado con ventaja para prevenirla.
       Además de ello, en caso de que los niños ya hayan desarrollado asma bronquial, también los suplementos de Omega-3 han demostrado su eficacia, tal como se comprobó en el estudio llevado a cabo con 29 niños en el año 2000 (46). Los resultados mostraron una significativa mejora en los síntomas del asma en los niños que tomaron Omega-3, así como una ausencia total de efectos secundarios.
       Con estos datos, seguro que las madres y futuras madres lectoras, ya saben qué tienen que preguntar al pediatra. ¿Verdad?

jueves, 13 de noviembre de 2014

OMEGA-3 LA SALUD INMEDIATA - Libro abierto gratuito (Entrega nº 2)

 

PRIMERA PARTE: LOS OMEGA-3


Los Omega-3 y su importancia en nuestro organismo


       Para comprender mejor a los Omega-3 y su importancia real para nuestro organismo, es conveniente conocer, aunque sólo sea superficialmente, sus características y funciones básicas. La información que se resume a continuación, permitirá a los lectores, situarse en el contexto adecuado para entender y aprovechar más eficientemente las explicaciones de este libro.


Conociendo los ácidos grasos y los Omega


       Conjuntamente con las proteínas y lo hidratos de carbono, los lípidos –a los que habitualmente se les llama grasas-, son los tres nutrientes principales que obtenemos de nuestra alimentación. Estos lípidos o grasas, técnicamente suelen dividirse en saponificables o insaponificables, dependiendo de si poseen o no, ácidos grasos en su composición. Pues bien, estos ácidos grasos, debido a su naturaleza lipídica, son utilizados mayormente por nuestro organismo para obtener energía, pero además, son vitales en procesos metabólicos y celulares importantísimos.
       Estos ácidos grasos, que son absorbidos en el intestino, se clasifican principalmente en saturados -que suelen ser sólidos a temperatura ambiente si su cadena de átomos es larga-, o insaturados -que suelen ser líquidos a temperatura ambiente-. Los insaturados a su vez, pueden ser monoinsaturados y poliinsaturados, en función de si tienen uno o varios átomos de carbono insaturado.
       Los ácidos grasos saturados se encuentran principalmente en las grasas de los animales, mientras que los monoinsaturados, son los aceites que se encuentran principalmente en el reino vegetal, siendo el de oliva, uno de sus mejores representantes.
       Los ácidos grasos poliinsaturados por su parte, que serán los que centrarán nuestro máximo interés a partir de ahora, son considerados nutrientes esenciales por el hecho de que el organismo no puede sintetizarlos, y por lo tanto, resulta “esencial” ingerirlos mediante la alimentación. Entre los ácidos grasos esenciales poliinsaturados, se encuentran el ácido linoléico, llamado también Omega-6, y el ácido linolénico, llamado también Omega-3.
       En el grupo de los Omega-6 destacan por su importancia, el ácido gamma-linolénico, que se escribe abreviadamente “GLA”, y el ácido araquidónico, abreviado como “AA”. Se encuentran mayormente en las semillas y aceite de girasol, cártamo, onagra, soja, sésamo, maíz, nueces, cacahuetes, etc. También hay carnes que tienen un alto contenido de ácido araquidónico, especialmente en carnes grasas del cerdo, y en aquellos animales que han sido alimentados con piensos y semillas ricas en Omega-6 –que suelen ser la mayoría de animales alimentados intensivamente-. Asimismo, lo podemos encontrar en los ingredientes de muchos productos elaborados industrialmente, especialmente en margarinas.
       Por su parte, en el grupo de los Omega-3, destacan el ácido eicosapentaenoico, que se escribe abreviadamente “EPA”, y el ácido docosahexaenoico, que abreviado se conoce como “DHA”, los cuales se encuentran de forma más abundante en los pescados azules como el arenque, sardina, caballa, atún, bonito, salmón, algunos crustáceos, aceite de linaza, soja, colza y nueces, entre otros.
       Veámoslos esquemáticamente en un cuadro, para poder recordarlos más fácilmente: 

CUADRO DE LOS PRINCIPALES ÁCIDOS GRASOS POLIINSATURADOS OMEGA
Omega-6 -Ácido linoléico-
Omega-3 -Ácido linolénico-
GLA -Ácido gamma-linolénico-
ALA -Ácido alfa-linolénico-
AA -Ácido araquidónico-
EPA -Ácido eicosapentaenoico-

DHA -Ácido docosahexaenoico-


NOTA IMPORTANTE
      A partir de este momento, y con la finalidad de facilitar al máximo la lectura, utilizaremos solamente las siglas abreviadas para distinguir los ácidos grasos poliinsaturados esenciales.

       Los lectores encontrarán también en algunas de las investigaciones que se citan, las siglas E-EPA. Se trata del “etilo-eicosanpentaenoico”, que es un EPA  que ha sido esterificado con tal de aumentar su capacidad lipofílica, es decir, su capacidad de absorción, atravesando mejor la membrana hemato-encefálica. También existe el E-DHA, aunque es menos utilizado. El E-EPA está libre de colesterol, triglicéridos, ácidos grasos “trans” y contaminantes, con un color pálido, gusto y olor suaves. Es un complemento alimenticio que se puede encontrar en herbolarios, dietéticas y farmacias, y al que no se le conocen efectos secundarios después de estar investigándose y utilizándose desde los años 80, evidenciando ser totalmente seguro para el uso continuo a largo plazo, características que propician que sea utilizado por muchos equipos investigadores para realizar sus estudios y tratamientos.

Omega-3 -Ácido linolénico-
     -etilo-eicosapentaenoico-  E-EPA

     
Omega-3 en la alimentación, y el problema de la contaminación


       Se ha verificado mediante diferentes estudios científicos y epidemiológicos, que la dieta humana debería incluir una ingesta regular de pescado con suficiente Omega-3, para mantener un estado de salud óptimo. Sin embargo, existen numerosos factores sociales, culturales o económicos, que en muchas ocasiones lo dificultan, dándose entonces las circunstancias propicias, para la aparición gradual de condiciones que desembocarán en enfermedades de distinta gravedad, tal como los lectores podrán comprobar más adelante.  
       Existen libros muy interesantes en el mercado, que aportan numerosos y buenos ejemplos de menús ricos en Omega-3. Por ese motivo, he optado por no incluir menús en esta obra, pues he preferido concentrar los recursos y el espacio, en explicar y divulgar las extraordinarias propiedades de estos nutrientes como agentes de salud, tanto para la prevención, como para la mejora y el tratamiento de un buen número de trastornos y enfermedades.
       Pero por desgracia, existe un grave problema que debemos tener muy presente, que es la contaminación de los mares. Debido a esta circunstancia, las grasas de algunos peces pueden contener cantidades importantes de productos químicos tóxicos, entre los que se encuentran el bifenilo policlorinado, metales como el mercurio, o contaminantes como la dioxina. Este gravísimo inconveniente implica, la necesidad de extremar las precauciones en caso de realizar un elevado consumo de pescado en según qué zonas del planeta, y según qué tipo de pescado. La contaminación planetaria y el cambio climático, constituyen unos problemas de tan extrema gravedad, que todos los gobiernos y la sociedad en general, deberían actuar al unísono, de forma decidida, contundente, solidaria e inmediata, porque nos estamos acercando a  un punto sin retorno, en el que peligra la vida sobre la Tierra, condenando irremediablemente a nuestros descendientes más próximos.
       El problema de la contaminación, además de la posibilidad de afectar tóxicamente al consumidor directo de pescado, también puede llegar a ser peligroso cuando se toman suplementos de Omega-3 en cápsulas si no se toman precauciones. Por ello, es aconsejable que estos productos hayan sido sometidos a unos procesos de refinado o destilación muy eficientes, de tal forma que se asegure la absoluta eliminación de sustancias tóxicas, y se obtenga un producto de una alta pureza y concentración.


Propiedades de los ácidos grasos poliinsaturados esenciales Omega 6 y 3

       Los Omega 6 y 3, son componentes básicos y fundamentales de las membranas celulares, determinan su fluidez y flexibilidad, e intervienen entre otras funciones, en la modulación de la neurotransmisión, en la formación de algunas hormonas, en el correcto funcionamiento del sistema inmunitario, en la correcta formación de la retina o en el funcionamiento de las neuronas.
       Una característica de ambos Omegas, es que son precursores de eicosanoides, unas sustancias con una acción similar a las hormonas, que regulan algunas importantes funciones biológicas en las células y en nuestro organismo, cuya denominación fue usada por primera vez en el año 1980, por el científico norteamericano E. J. Corey. Estos eicosanoides –los más importantes son las prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos-, pueden ser “buenos o malos” –se trata de una división parecida a la que se hace con el colesterol, el bueno y el malo-, pero dado que en pequeñas proporciones y de forma equilibrada, gracias a sus respectivos antagonismos, son todos beneficiosos y necesarios para que el organismo pueda compensar y autorregular funciones fundamentales, prefiero calificarlos como “positivos” o “negativos”.
       Los eicosanoides “positivos”, en general, inhiben la agregación plaquetaria, promueven la vasodilatación, inhiben la proliferación celular, estimulan la respuesta inmunológica y tienen unos pronunciados efectos antiinflamatorios, mientras que por su parte, los eicosanoides “negativos” favorecen la agregación plaquetaria, producen vasoconstricción, proliferación celular, deprimen el sistema inmunitario y tienen efectos proinflamatorios, es decir, que favorecen las inflamaciones orgánicas.
       En el año 1982, se premió con el Nobel de Medicina y Fisiología, unos trabajos de investigación de los científicos, Bergström, Samuelsson y Vane sobre las prostaglandinas y sustancias afines –o sea, eicosanoides-. Estos y otros estudios posteriores, comprobaron que dichas prostaglandinas y las prostaciclinas, resultaban vitales para regular la presión arterial, la función inmunitaria, renal, división celular y respuesta al dolor. Asimismo, verificaron que los tromboxanos resultaban claves en la coagulación de la sangre, mientras que los leucotrienos eran fundamentales en los procesos inflamatorios y respuesta alérgica, principalmente.
       El éxito de estos científicos estimuló la realización de más estudios, que fueron verificando cómo del GLA –ácido graso perteneciente al grupo Omega-6-, se derivaban prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos de la llamada serie 1, los cuales tienen respectivamente, una acción antiinflamatoria, anticoagulante y antivasoconstrictora, es decir, que son beneficiosos para la salud –y por lo tanto, son considerados eicosanoides positivos-. Que del AA, perteneciente también al grupo Omega-6, se derivaban prostaglandinas de la llamada serie 2, tromboxanos y leucotrienos de la serie 4, que son inflamatorios, procoagulantes y vasonconstrictores, es decir, que en pequeña proporción tienen funciones reguladoras y compensadoras, pero que si se encuentran en exceso, son perjudiciales para la salud –y por lo tanto, son eicosanoides negativos-. También se verificó que en según qué condiciones biológicas, el GLA pasa a convertirse en AA, ya que es su precursor, y por lo tanto, sus efectos pueden pasar de ser beneficiosos, a ser  perjudiciales –es decir, pasa de promover eicosanoides positivos, a promover eicosanoides negativos-. Y finalmente se comprobó, que del EPA –perteneciente al grupo Omega-3-, se derivan prostaglandinas de la llamada serie 3, tromboxanos y leucotrienos de la serie 5, que al igual que los de la serie 1, tienen una acción antiinflamatoria, anticoagulante y antivasoconstrictora, y por lo tanto, son beneficiosos para la salud –y por consiguiente, eicosanoides  positivos-.
       En el año 2002, un interesante trabajo de investigación publicado en el Journal of the American College of Nutrition, llevado por The Center for Genetics, Nutrition and Health, en Washington, (1) mostraba cómo la enfermedad coronaria, la depresión mayor, el envejecimiento y el cáncer, se caracterizan por un mayor nivel de interleuquinas proinflamatorias –eicosanoides negativos que son específicamente unas proteínas producidas por el sistema inmunitario-. El estudio mostraba además, que la artritis, la enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa y el lupus, eran enfermedades autoinmunes caracterizadas por un alto nivel de la interleuquina y leucotrienos proinflamatorios –recuerden, eicosanoides negativos-, producidos por ácidos grasos Omega-6.
       La investigación confirmó además, que los Omega-3 poseían la más potente capacidad inmunomoduladora, a la par que confirmaba propiedades antiinflamatorias, dado que los resultados de los ensayos revelaron un significativo beneficio en la disminución de estas enfermedades, comportando al mismo tiempo, una interesantísima reducción de los medicamentos antiinflamatorios. Es decir, estas investigaciones demostraban que los Omega-3 reducían enfermedades coronarias, depresión mayor, envejecimiento, cáncer, artritis, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, lupus… ¿Bien, qué les parece todo esto como carta de presentación de los Omega-3?
       Otras muchas investigaciones científicas, algunas anteriores y otras posteriores, fueron conformando un conjunto de datos confirmatorios de estos beneficios que tienen para la salud los Omega-3, mostrando claramente su eficacia en la prevención y control de enfermedades crónicas coronarias, hipertensión, cáncer, diabetes, desórdenes inflamatorios y auto-inmunes, eccema, psoriasis, Alzheimer, depresión, esquizofrenia, fibromialgia, esclerosis múltiple…, tal como se refleja por ejemplo, en la publicación de Reproduction, Nutrition, Development (2) en el año 2004.
       En el año 2006, el Children Hospital Boston (3), dio a conocer un trabajo en el que se habían contrastado multitud de estudios, mediante una amplia revisión de la bibliografía, ensayos e investigaciones, estudios poblacionales, metaanálisis y estudio de casos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que estaba claramente demostrado, que un suplemento de Omega-3 proporcionaba un efecto protector en las enfermedades del corazón, y en particular, de la muerte cardiaca repentina. Asimismo quedó probado, un significativo beneficio en la artritis reumatoide con esta simple intervención nutricional, consiguiendo mejoras importantes de los síntomas, así como la reducción en la toma de medicamentos antiinflamatorios. Se verificó además, la eficacia de la suplementación de la medicación con Omega-3 en muchos trastornos psiquiátricos, particularmente esquizofrenia y trastorno depresivo mayor, que mostraron claros resultados positivos.
       Con lo leído hasta aquí, empezamos a vislumbrar la importancia de los Omega-3 para nuestro organismo, pero en los siguientes capítulos, profundizaremos un poco más sobre su capacidad preventiva y terapéutica, analizando las claves que algunas investigaciones científicas han ido dejando al descubierto.
       Los lectores irán comprobando, cómo los Omega-3 “EPA y DHA”, se convertirán por méritos propios, en los grandes protagonistas de la primera parte de este libro, en su rol de “héroes”, mientras  que el Omega-6 “AA”, también compartirá este máximo protagonismo, pero su papel será de “malo de la película” –aunque como todo malo, también tiene su rinconcito bueno, ya que como se ha dicho antes, todos estos nutrientes son esenciales y tienen funciones positivas, si se hallan en cantidades adecuadas y equilibradas-.


El desequilibrio entre Omega-6 y Omega-3, y sus graves consecuencias


       Este apartado es de vital importancia para comprender el actual incremento de muchas enfermedades crónicas y degenerativas en nuestra sociedad. Les aconsejo lo lean con la máxima atención.
       Se ha comprobado experimentalmente en numerosas investigaciones, que un exceso de Omega-6, especialmente de AA, ya sea ingerido directamente o indirectamente por conversión de su precursor GLA, puede ser muy perjudicial para el organismo.
       Efectivamente, si se produce este desequilibrio a favor del Omega-6 sobre el Omega-3, nos encontramos con una “situación metabólica proinflamatoria”, que deteriora paulatina y silenciosamente nuestro organismo, durante los años en que se mantiene este exceso de Omega-6 en la alimentación, y favoreciendo la aparición gradual de patologías inflamatorias y autoinmunes, ya sean de tipo cardiovascular, inflamaciones de colon, de hígado, de las articulaciones, fibroamialgia, alergias, psoriasis, diabetes o cáncer. Incluso trastornos mentales y emocionales.
       Para los lectores que no estén previamente introducidos en estas cuestiones, les resultará muy llamativo, chocante o increíble, que un exceso de Omega-6 en la dieta alimenticia, pueda promover la aparición de enfermedades aparentemente muy diferentes entre si, ya que además, son tratadas por distintos especialistas separadamente y por fármacos específicos. Sin embargo, las investigaciones han confirmado las claras evidencias de este nexo causal común.
       Los lectores irán comprendiendo gradualmente además, que estas enfermedades de tipo crónico o degenerativo, no aparecen por azar de un día para otro, ni de una semana para otra, sino que una alimentación desequilibrada durante meses o años, las va fraguando, propiciando su gradual desencadenamiento, y manifestándose de distinta manera en cada persona, según su constitución genética, sus hábitos, su cultura o el medio ambiente en el que se desenvuelva. Investigaciones científicas realizadas con familias y hermanos, han demostrado claramente que en el cáncer por ejemplo, solamente existe un 15% de causa genética común, mientras el resto es debido a causas externas o ambientales.
       El modelo general de alimentación occidental, que es el que sigue la mayoría de nuestra sociedad, es excesivo en carbohidratos y grasas saturadas, alimentos refinados, aditivos químicos, así como en ácidos grasos Omega-6, originando abundantes eicosanoides negativos, los cuales son ingeridos directamente a través de aceites de semillas y de carnes, o indirectamente a través de los ingredientes que contienen muchos productos elaborados industrialmente. Paralelamente, este modelo de alimentación también suele ser pobre en ácidos grasos Omega-3, provocando finalmente en su conjunto, que se produzca un gran desequilibrio entre Omega-6 y Omega-3, a favor del primero, y cuyos efectos, como ya hemos visto antes, son muy perjudiciales para la salud, ya que al tratarse de una situación proinflamatoria que habitualmente se mantiene durante mucho tiempo en la vida de una persona, va deteriorando silenciosamente su organismo y su salud, bajo el aparente manto de pequeños trastornos, que poco a poco van empeorando, complicándose, y propiciando la aparición de nuevas y más graves enfermedades. Patologías que en modo alguno pueden considerarse como consecuencia “lógica” del envejecimiento y del desgaste natural del organismo, ni del “azar”, sino que en su gran mayoría son producto de unos hábitos de vida poco saludables y nocivos, así como de carencias nutritivas, mantenidas durante años, y complicadas por los efectos secundarios de muchos fármacos que se utilizan para “curarlas”, pero que lejos de conseguirlo realmente, la gran mayoría actúan solamente anulando y controlando los síntomas, pero manteniendo la causa promotora primaria.
       Según diversos estudios epidemiológicos, se ha comprobado que este desequilibrio Omega-6/3, varía según las zonas geográficas y los países, pudiendo encontrarse fácilmente proporciones superiores a 10:1 o 15:1, es decir, que se ingieren 10 o 15 partes de Omega-6, por solamente 1 de Omega-3. O incluso a veces, sobretodo en Estados Unidos, se llega a proporciones de 50:1 a favor del Omega-6. ¡Las consecuencias para la salud son funestas!
       Según los especialistas, la proporción ideal estaría en 1:1, es decir, en el equilibrio y la igualdad entre los Omega-6 y los Omega-3. No obstante, se considera también aceptable una proporción máxima de 2:1 o 3:1 a favor del Omega-6. Proporciones a partir de 4:1 hay que evitarlas activamente, porque a partir de ahí, cuanto mayor sea el desequilibrio a favor del Omega-6 en detrimento del Omega-3, así cuanta más cantidad total ingerida y tiempo durante el que se ha mantenido, peores serán sus efectos para la salud, y más graves sus consecuencias.
       Según el profesor Sanders, del King’s College, en Londres (4), el ratio o proporción Omega-6/3 idóneo, debe estar por debajo de 3:1. Fruto de sus investigaciones y amplia experiencia, afirmó que de lo contrario, el organismo produce citoquinas proinflamatorias –unas proteínas producidas a partir del AA-, que son las que provocan enfermedades cardiovasculares, determinadas enfermedades mentales, obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, desórdenes autoinmunes y muerte prematura. Por su parte, el profesor Saldeen, de la Universidad de Uppsala (5), recomienda un ratio AA/EPA –o lo que es lo mismo, una proporción Omega-6/3-, entre 1,5:1 y 2:1 a favor del Omega-6. Como vemos, hay un consenso en el sentido de que es beneficioso equilibrar los dos tipos de Omega, y que la diferencia a favor del Omega-6, sea mínima.          
       Se ha demostrado también, que este equilibrio es importantísimo en los niños. Un estudio publicado en el año 2005 y realizado por el Institut de Recherche Signalisation, Biologie du Développement et Cancer, Centre de Biochimie, Faculté des Sciences, Parc Valrose, en Niza (6), revisó y apoyó la evidencia de que el exceso de Omega-6 es un potente promotor de la adipogénesis, siendo importantísima su influencia si ésta se produce en el periodo de lactancia, puesto que se demostró que favorece la futura obesidad del niño.
       Otras muchas investigaciones han confirmado de forma clara y evidente, que el equilibrio Omega-6/3 es vital para controlar los procesos inflamatorios -que en su justa medida y de forma controlada son un recurso defensivo natural, pero si persisten mucho tiempo son dañinos-. El exceso de Omega-6 produce eicosanoides negativos, y éstos a su vez, citoquinas proinflamatorias que provocan procesos inflamatorios prolongados y degenerativos. Esta certeza es la que nos permite saber con conocimiento de causa, que alteraciones como la respuesta alérgica, son favorecidas por los leucotrienos que influyen en la producción histamínica, de la misma forma, que este equilibrio también es necesario para prevenir problemas cardiovasculares, ya que un exceso de Omega-6, y por lo tanto de tromboxanos –que serían eicosanoides negativos-, favorece la formación de coágulos.
       Las coincidencias en los resultados de las investigaciones son evidentes. Pero sigamos analizando algunas más, para comprender de forma más práctica, la importancia y las consecuencias de este desequilibrio entre los dos Omegas, comprobando al mismo tiempo, que equilibrándolos, se pueden corregir importantes trastornos físicos y mentales. Les resultará ciertamente interesante.
       El Journal of the American College of Nutrition (1) publicó un estudio en el que se comprobó, según experimentos con animales y estudios clínicos, que los Omega-3 tiene propiedades beneficiosas para las enfermedades inflamatorias, así como para las autoinmunes. En un trabajo posterior (7), se demostró que los estudios antropológicos y epidemiológicos a nivel molecular, indicaban que los seres humanos evolucionaron en una dieta con una proporción de Omega-6 con Omega-3, de aproximadamente 1:1, es decir, una proporción de igualdad entre ambos ácidos grasos poliinsaturados, mientras que en la dieta occidental actual, la proporción es de 15:1 o mucho más, a favor del Omega-6, de tal forma que se produce una situación proinflamatoria provocada por el exceso de AA, el cual promueve la patogénesis de muchas enfermedades, aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares, inflamatorias y crónicas. El estudio confirmaba asimismo, que por el contrario, un aumento de los niveles de Omega-3, especialmente de EPA y DHA, hacía que esta proporción se equilibrara y disminuyeran los riesgos, observándose además, efectos supresores de estas enfermedades, ¡esto es importantísimo! Finalizaba consecuentemente, resaltando la eficacia de la ingestión de Omega-3 de alta pureza, para equilibrar la proporción Omega-6/3 en un plazo relativamente corto de tiempo, conclusión que resulta de capital importancia, para entender y valorar la gran utilidad práctica y el beneficio que podemos obtener ingiriendo cápsulas Omega-3 como suplemento alimenticio, para mejorar fácilmente muchas de estas enfermedades, o para prevenirlas.
       Aunque a veces nos dejamos llevar por la espectacularidad de las “curaciones”, más que por la discreción que conlleva la prevención, tenemos que tener muy en cuenta que resulta mucho más importante prevenir que curar, especialmente cuando nos referimos al exceso de Omega-6, por la sencilla razón de que su acción nociva y perjudicial se realiza lentamente durante años, deteriorando nuestro organismo hasta tal punto, que cuando queremos curarlo, quizás nos podemos encontrar con unos niveles de afectación orgánica tales, que pueden impedir la regresión o mejora que desearíamos, mientras que si evitamos que se vaya deteriorando al organismo, nos ahorraríamos fácilmente, muchísimas de estas enfermedades y sufrimientos. De ahí que resulte vital que los niños mejoren su alimentación, equilibrando esta proporción, con el fin de prevenir y evitar estas enfermedades, a las que son potenciales candidatos para sufrirlas.
       A algunos lectores les puede llamar mucho la atención, y parecerles increíble, que un “simple desequilibrio” en la ingestión de los Omega, pueda propiciar la aparición y desarrollo de una gran diversidad de patologías físicas crónicas graves, por lo que también les resultará sorprendente, comprobar su determinante papel en patologías emocionales como la depresión, un trastorno emocional capaz de empeorar el pronóstico de las enfermedades orgánicas graves cuando concurren ambas al mismo tiempo.
       Efectivamente, existen muchísimas investigaciones que así lo certifican, y algunas de ellas las analizaremos más adelante. No obstante, veamos ahora una como aperitivo. Fue llevada a cabo por el Servicio de Salud Mental del Hospital de Rockhampton en el año 1996 (8). Se realizó con pacientes con depresión de moderada a severa, estudiándose la relación entre la gravedad de la depresión y sus niveles de Omega-6 y Omega-3. En los resultados se encontró una mayor cantidad de AA en relación al de EPA, en los casos de mayor severidad depresiva. Se demostró por consiguiente de forma clara, que a mayor desequilibrio a favor del AA –o sea, de Omega-6 con respecto a los Omega-3, mayor es la depresión.
       También se ha comprobado experimentalmente, que la base de muchas enfermedades crónicas deriva fundamentalmente de un estado proinflamatorio prolongado, y los Omega-6, especialmente el AA, aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares o inflamatorias en personas con unas determinadas condiciones genéticas, mientras que el EPA y el DHA son capaces de disminuir los riesgos en estas personas (7).
       Los procesos de equilibración entre los Omega, fueron estudiados experimentalmente en la Universidad de Jyväskylä (9). Realizaron dos estudios doble ciego –que es una modalidad de investigación en la que nadie sabe quien toma producto activo, y que se hace para evitar cualquier influencia sobre los pacientes que toman placebo, incluso por parte de los investigadores-, para comprobar la absorción y los efectos sobre el nivel de la proporción Omega-6/3 en niños y adultos, mediante E-EPA. –Recuerden los lectores que el E-EPA es una modalidad de EPA de alta pureza y concentración-.
       El estudio en adultos se realizó sobre 24 estudiantes  voluntarios, que tomaron diariamente durante 45 días 1g/día de E-EPA, o bien 1g/día de placebo, según si pertenecían al grupo experimental o al de control –el grupo experimental es el que tomó E-EPA, mientras que el grupo de control era el que tomaba placebo-. Al cabo de este tiempo, la concentración de EPA en suero, pasó del 1% al 2,3% en el grupo que tomaba E-EPA, es decir, que su concentración aumentó más del doble, de forma que la proporción entre Omega-6 y Omega-3, se redujo a la mitad.
       Por su parte, el estudio de los niños se realizó con un grupo de 30 participantes, con una edad de 10 años, y con severos problemas de dislexia, que tomaron también durante 12 semanas, 0,5 g/día de E-EPA, o bien, 0,5 g/día de placebo. Pues bien, al final del estudio, se comprobó que la concentración de EPA en suero, pasó de una media del 1% al 2,8%, es decir, casi se triplicó, mientras que la media de la proporción Omega-6/3, pasó de 8:1 a 3:1, es decir, un descenso de más del 60%. A la finalización del estudio, no se había detectado ningún efecto adverso en ningún participante.
       Ante las evidencias logradas, el equipo investigador recomendó la toma de E-EPA independientemente del estado de salud en que se encuentren los individuos, ya que sabiendo los daños que provoca con el tiempo el desequilibrio a favor de los Omega-6, rebajando el nivel de éste, se actúa preventivamente y se pueden evitar muchísimos problemas de salud, sin ningún tipo de efecto adverso.